2 aps CAPITULO 7 Atención Primaria de Salud y Medicina General Integral
Medicina familiar y médicos de familia
Los términos APS
y medicina familiar se utilizan indistintamente para nombrar las acciones de salud que se realizan
a nivel comunitario, cuando en realidad son conceptos
diferentes.
La APS es una mega tendencia mundial
de los sistemas de salud, considerada como la estrategia glo- bal para alcanzar la meta de “Salud para
Todos y por Todos”. La APS, así
concebida, es un eje central del sistema prestador
de servicios de salud.
La medicina
familiar, también llamada
medicina de familia (family practice) es la especialidad
médica que efectúa la APS, posee un cuerpo de conocimientos propios, con una unidad funcional
conformada por la familia y el
individuo, y tiene como base los métodos clínico
y epidemiológico, el enfoque clínico epide- miológico
y social, e integra las ciencias biológicas,
clínicas y de la conducta.
En algunos
países, entre ellos los EE.UU.,
existe diferencia entre los términos
práctica familiar (family practice) y medicina familiar
(family medicine). El primer
término se refiere
a la especialidad y el segundo a la disciplina, definida como la medicina científica
que sirve como fundamento de la especialidad, que representa el cuerpo de conocimientos acumulados relacionados con la salud, la enfermedad y los cuidados
de la salud del individuo
en el contexto de la familia. El Consejo Americano de Medicina Familiar
enun- ció la práctica familiar
como: “La especialidad médica que se preocupa por el cuidado
de la salud total del individuo y la familia.
Es una especialidad en amplitud
que integra las ciencias clínicas, biológicas y del com- portamiento, y su alcance
no está limitado por la edad,
sexo, órgano, sistema
o entidad mórbida”.
En Cuba, la
especialidad de medicina familiar se denomina
medicina general integral (MGI); se estu- dia
durante dos años como proceso de formación de
posgrado, a partir de un médico general básico que requiere seis años de formación de
pregrado con un perfil profesional
orientado a la APS. Dicha especia- lidad
tiene como principal escenario de formación la
propia comunidad en la que el residente se desempeña como médico de familia, bajo la asesoría
permanente de un grupo de
profesores-tutores de las especialida- des
de medicina familiar, medicina interna, pediatría, ginecoobstetricia y psicología.
La formación de
posgrado de MGI tiene como eje fundamental
la educación en la práctica del servicio concreto de la APS. Tiene, además, rotaciones en las
principales áreas de atención
secundaria, y culmina con la realización
de un examen estatal, ejecutado por evaluadores externos quienes contribuyeron a su forma- ción, y con la presentación de una tesis de investigación ante un tribunal estatal.
En general, en la
práctica médica internacional, el término médico de familia
se utiliza para nombrar a los médicos cuya función básica es atender a la comunidad, la familia y al individuo en un área de salud determi- nada, independientemente de si tiene
entrenamiento especializado
posgradual o no.
En España, la
legislación de 1978, que reconoce la especialidad de medicina familiar
y comunitaria, define en su artículo primero:
“El médico de familia constitu- ye la figura fundamental del sistema sanitario y tiene como misión realizar una atención médica
integrada y completa a los miembros de la comunidad”.
Robert Taylor
enuncia que el médico de familia es el que practica
la especialidad y utiliza los principios de la medicina
familiar. Es el médico que provee cuidados
de salud continuos e integrales en el contexto de la familia,
sin limitaciones por edad o sexo del paciente o por el tipo de problema que se
presenta, sean estos biológicos, psicosociales o del comportamiento, o cualquier combinación de los anteriores.
La Organización Mundial de Colegios, Academias y Asociaciones Generales de Médicos de Familia (WON- CA)
resalta en su declaración de 1992: “La atención primaria de alta calidad depende de la disponibilidad de médicos generales o médicos de familia
bien en- trenados trabajando como
miembros de equipos de salud en la
comunidad. La medicina familiar necesita ser
firmemente establecida como la disciplina central de la medicina, alrededor de la cual se ordenen las disciplinas médicas y las profesiones aliadas
de la salud para formar un equipo cooperativo en beneficio del individuo, la familia y la comunidad”.
El documento
que recoge las reflexiones de la Conferencia Conjunta OMS/WONCA, celebrada
en Canadá en 1994, dice: “Los médicos
de familia son considerados como
personas que poseen una situación fundamental
a la hora de proporcionar una atención sanitaria
global, continuada, coordinada y personali- zada.
Su papel, a la vez que los demás profesionales
de atención primaria, es considerado muy importante para llevar a cabo una utilización óptima
de los re- cursos sanitarios. En el
futuro, su papel dentro de los sistemas
sanitarios llegará a ser incluso
más importante si son capaces de mejorar la coordinación
de la salud individual y de los servicios sanitarios
comunitarios”.
Carlos Dotres
Martínez, exministro de Salud Públi-
ca de Cuba, enunció en el VI Seminario Internacional de Atención Primaria
en 1997 que: “el modelo
de aten- ción del médico y la enfermera de la
familia garantiza que cada cubano cuente,
a pocos metros
de su vivienda, con un médico
y enfermera, que constituyen el primer contacto con el sistema
de salud a través de programas de promoción, protección, prevención,
restauración y rehabilitación de la salud”.
Práctica médica
y medicina familiar
Las transformaciones de la organización de los sistemas de salud ocurridas en el
desarrollo histórico han respondido a las necesidades sociales de cada momento.
La práctica
médica predominante en cada época histórica
ha estado determinada por el nivel alcanzado
en la vida material de la sociedad. Las relaciones de producción económica que los hombres establecen en- tre sí son
primarias y causa determinante de la calidad
de los sistemas de servicios
orientados a la satisfacción de las necesidades de los estratos
sociales dominantes en cada época.
A la práctica de la medicina, en su devenir
histórico, le ha sido necesario evidenciar resultados satisfactorios de su quehacer, en el marco de las
limitaciones con- sustanciales al
nivel de desarrollo técnico y científico existente
en los distintos momentos históricos, como muestra
objetiva de su pertinencia social para legiti-
marse a sí misma y ganar credibilidad ante los grupos humanos financiadores. Tanto
el shamán más primitivo como el superespecialista actual han debido convencer y mostrar sus resultados ante el usuario
de los servicios médicos, ya
que al garantizar el valor de uso de estos servicios asegura su supervivencia y desarrollo.
La medicina familiar tiene sus orígenes
en la me- dicina general,
la que surgió y tomó auge desde el siglo
XIX hasta las primeras décadas del siglo XX. El médico
general de aquella época era responsable de la
atención a familias,
y sus funciones de consejero
ante los problemas de sus pacientes se reconocían como
característica específica de dichos profesionales. En el periodo
comprendido entre la Revolución Francesa
y la Revolución Industrial, surgió el médico de cabece-
ra, profesional de alta calificación con conocimientos sobre
medicina, que se hizo cargo de los problemas de salud de las familias
y actuó como consejero de cuestiones
educacionales y matrimoniales, entre otros.
Este médico ejerció una actividad
múltiple, de ca- rácter integral
e integradora que se llamó “sacerdocio
de la medicina”. Dicho profesional
fue muy respetado por la sociedad.
La calidad de la relación médico-pa- ciente
y su componente ético era la principal arma diagnóstica y terapéutica de este tipo de práctica médica
y, por esa razón, ocupaba un lugar preponderante dentro de los valores ligados al desempeño
profesional y a la formación
académica.
Después de la presentación del informe Flexner,
en 1910 en los EE.UU., la enseñanza
de la medicina se orientó a
las especialidades, y la medicina general perdió
espacio en los planes de estudio y casi llegó a desaparecer de los programas de formación. El floreci- miento
y expansión de la tecnología ocurridos después de la Segunda
Guerra Mundial se tradujo en el auge de la formación superespecializada de los
profesionales médicos, que se había
iniciado a partir del impacto del informe
Flexner.
En este proceso
de progresiva diferencia y ultra- tecnicidad
de la práctica médica moderna se genera una
tendencia a la despersonalización de la relación médico-paciente que trae aparejada, unido al peligro de la deshumanización, el no menos
importante de la falta de una
percepción integral y armónica del indi- viduo
enfermo, ya que se enfoca al hombre dividido
en sistemas, aparatos
u órganos y se relega
o ignora la dimensión sociosicológica de la
necesidad de salud que presenta el sujeto
concreto.
Esta práctica
médica que fragmenta la integridad sociobiológica del individuo engendra
un pensamiento escotomicista, totalmente opuesto al
enfoque unicista de la clínica
verdadera, e incrementa la dependencia médica de los, cada vez más sofisticados, exámenes
de laboratorio. El acto diagnóstico y la terapéutica médica se supeditan, cada vez más, a la tecnología y, por tanto,
el riesgo de iatrogenias peligrosas
aumenta.
Los elementos
expuestos, aunque en muchos casos son
solo peligros potenciales, pues el uso racional y ético de los adelantos tecnológicos siempre será de- seable y factible de control, provocaron
una creciente insatisfacción en la
población usuaria de los servicios médicos superespecializados. Este grado de insatisfac- ción en la opinión pública,
al valorar la práctica médica
dependiente de la tecnología, influyó
decisivamente en el proceso
de concientización social respecto a la necesidad
de rescatar las bondades de la actividad del
médico de cabecera.
La medicina
familiar resurge, entonces, en una es- piral dialéctica de desarrollo ascendente, que retoma lo mejor de la práctica
histórica de la medicina, ante el
imperativo de satisfacer la necesidad social de una atención médica que garantice un servicio de salud
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